viernes, 24 de abril de 2015

Ahí estaba, luego de infinitas dudas, de arrebatos, de lágrimas y miedos; ahí estaba poco a poco descendiendo. Ya no había más que hacer. No sé si a mi favor o en mi contra tenía todas las fuerzas que anulaban cada intención de escapar de ese momento.
Mientras caía, el deseo invencible que sentí antes de lanzarme comenzó a ser nublado por un miedo creciente. El viento acariciaba mi cuerpo, mis músculos se contraían, mis ojos, antes tan seguros de haberlo visto todo, se deslumbraban con cosas inimaginables. De un momento a otro el tiempo parecía haberse detenido pero luego la velocidad era increíble, la distancia cada vez se acortaba más y aún no podía definir si mi arrepentimiento era tan grande como el repudio que sentía por mi vida antes de saltar.
El tiempo se acababa, imágenes en mi cabeza comenzaron a bombardearme; rostros, sonrisas, llantos, logros, abrazos, hasta que mis ojos alcanzaron a ver el cemento tan crudo de la acera tan cercana. Ya iba llegando; preparé mi cuerpo, como si de algo sirviera, para el peor y último golpe de mi vida. Apreté mis manos con fuerza y esperé…
El minuto se hizo eterno y lo que fuera que estaba esperando nunca llegó; poco a poco mis pies fueron sintiendo la arena, y con un par de nuevas respuestas y el recuerdo latente del temor vivido comencé un nuevo camino.